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¿Aún no has saciado tu morbo y tu
curiosidad?, ¿quieres conocer más? Veo que no ha servido de nada advertirte, ni
tampoco mostrarte un poco de mi demencia, y las atrocidades que me ha llevado a
cometer. Tú quieres conocer más, deseas descubrir todos los horrores que he ido
sembrando a mi paso a lo largo de mi vida. Necesitas saberlo, ya te he mostrado
lo que hice con catorce años, y sigues avanzando en la lectura. Te he dicho,
que repetí la escena con cuatro parejas más y con siete prostitutas, quizás
estás pensando que esos fueron mis siguientes asesinatos, pero no, no soy tan
tonto, no me gusta ir dejando cabos sueltos, por eso dejé transcurrir bastante
tiempo entre ellos, en ocasiones incluso años. Entre tanto iba empezando nuevas
obras, no podía dejar pasar mucho tiempo, estaba impaciente por segar otra
alma. Tantas eran las ganas que tenia, que esa misma noche volví a salir. No
habían pasado ni veinticuatro horas.
La guardia civil estaba muy
entretenida por la zona del monte, investigando el crimen pasional. Asique esa
noche me fui en la otra dirección. Como siempre, recorrí unos quince
kilómetros, alejándome de mi casa, y fui a parar en un pueblo con numerosas
tierras de cultivo, dedicadas sobre todo al maíz. Efectivamente era mi noche de
suerte, pues esa noche les tocaba regar. No sé si sabes cómo se regaban en los
noventa las tierras de maíz, pero el labrador tenía que meterse en la tierra
constantemente para ir arreglando los surcos, para que el agua fluyera por toda
la finca. Había tres agricultores regando en poco más de tres kilómetros de
camino de concentración.
Escondí mi bicicleta, saqué el
cuchillo de la mochila, y me interné sigilosamente entre las plantas, que ya
eran lo suficientemente altas como para ocultarme por completo. Necesitaba no
ser visto, y no hacer ningún ruido, para no llamar la atención, y poder
culminar con el macabro plan. Tendría que actuar rápidamente, sin entretenerme
con torturas, al fin y al cavo eso solo lo hago por placer, lo único que yo
necesitaba de ellos era su vida, su alma. Caminé lenta y sigilosamente entre
los surcos, evitando mover ninguna planta bruscamente, internándome hacia el
centro de la finca, no tenía prisa, tenía toda la noche por delante. Pero no
duré demasiado en dar con la posición del confiado agricultor, era como si tuviera
un chip localizador, o como si yo pudiera olfatearlo, como un animal olfatea su
presa. Allí estaba, con la azada, formando un surco, llevaba una de esas
linternas que van sujetas a la cabeza, tranquilamente, sin distracciones,
ignorando mi presencia, y lo que estaba a punto de sucederle. Su vida pronto
dejaría de ser una estúpida forma de pasar el tiempo sobre este planeta, para
convertirse en algo con más importancia, en la tercera de las almas a mi cargo.
Me agaché para coger una piedra, y la tiré
todo lo lejos que pude por encima de él, que estaba de espaldas a mí. - ¿Quién
anda ahí?- preguntó, incorporándose, para tratar de ver de donde procedía el
ruido. Al no recibir respuesta, y no ver movimiento alguno, debió pensar que no
era nada, y continuó con sus labores. Entonces me agaché por segunda vez, para
recoger otra piedra, y volví a lanzarla en la misma dirección. El hombre volvió
a incorporarse, y estiraba su cuello, tratando de ver por encima de las
plantas. Estaba confuso, parecía intuir que estaba siendo vigilado, y miraba en
todas las direcciones, pero al no escuchar nada, siguió con la azada. En el
mismo momento en el que agachó la cabeza, yo aproveché el momento, para
abalanzarme sobre él, como un lobo se abalanzaría sobre un cordero indefenso, y
antes de que pudiera darse cuenta, ya le había rebanado el cuello, con aquel
viejo cuchillo. La sangre salía a borbotones de la herida, mientras soltaba el
aire por la misma al intentar gritar. También quiso pelear por su vida,
mientras yo le sujetaba entre mis brazos, pero ya era demasiado tarde para él;
pude notar el momento en el que se daba cuenta de que ya no quedaba tiempo en
este mundo para él, el momento en el que entendía que el diablo había
secuestrado su alma, para reclutarla en el ejercito de los condenados, de la
mano de un demonio con cara de niño. Pude verlo en sus ojos, mientras la última
chispa de luz dejaba de brillar en sus pupilas. Estaba pletórico, no podía
parar. Dejé aquel cuerpo sin vida allí, en el mismo lugar en el que se la había
arrebatado, y salí de la finca en busca de mi siguiente víctima.
Estaba a más de un kilometro de allí,
lo que me llevo unos diez minutos a pie, pero diez minutos que me cundieron
mucho menos, gracias a la tremenda énfasis y excitación que sentía al pensar en
mi siguiente víctima. Esas dos fincas eran enormes, pero compartían el mismo
camino de concentración, y las compuertas de las canaletas estaban muy
próximas, entre sí. Yo ya había maquinado mi nuevo plan. Bajé una de las
compuertas al azar y me escondí entre los maizales de esa misma tierra a
esperar. El labrador, pronto se percató de que no llegaba agua, y salió de la
tierra para ver qué era lo que sucedía. Podría haberle arrebatado la vida en
ese mismo momento, ya que pasó a escasos metros de mí, pero el morbo me hizo
esperar para degustar un poco más mi obra. Al ver la compuerta bajada, aquel
hombre se puso furioso, y se dirigió a la tierra de al lado gritando:
-
¡Rogelio!, ¡Rogelio! –
- ¿Qué quieres? – Otra voz
procedente de aquella tierra le contestaba.
- ¿se puede saber porqué me has
bajado la compuerta? – Le gritaba muy enfadado.
- ¿Y a mí que me cuentas?, yo no la
he bajado…- Le respondía aquel hombre, mientras salía de la finca. Yo eché una
carrera de varios metros, haciendo el mayor ruido posible, para atraer su
atención, y hacer que fueran hacia él.
- ¿Has escuchado eso? Ahí hay algo…- le dijo señalando a mi posición.
-¿Quién anda ahí?- gritó aquel
hombre. -¡Vamos!, sal, ya está bien la bromita…- Aquel hombre empezaba a
ponerse muy nervioso, había algo en el ambiente que no terminaba de
convencerle, quizás podía presenciar una ente demoniaca a su alrededor; hay
gente que puede, pero no suelen ser conscientes de ello.
-¡Tranquilízate Manolo! Seguro que solo es un
jabalí.- intentaba tranquilizarle.
-Ya claro, porque ahora los jabalís se
dedican a bajar las compuertas, ¿no?- ironizaba Manolo, que con la azada a
hombro se acercaba cauteloso, hacia la zona donde había escuchado los ruidos,
hacia mi posición.
Yo estaba agachado, bien oculto entre los
surcos, completamente quieto, esperando mi momento, con el cuchillo empuñado
fuertemente; él, iba dirigiéndose hacia mí, sin saberlo, con su arma en
posición de ataque, para, en el momento en el que viera algo, golpear
rápidamente, y aunque podía ver frente a él a la perfección con aquella
ridícula linterna que llevaba enganchada a la frente, no le dio tiempo, cuando
estaba tan cerca de mí, que con solo girar la cabeza podría verme, me abalancé
sobre él de un gran salto justo antes de que llegara a enfocarme, asestándole
una puñalada en la gorja, hacia arriba, con tanta fuerza, que se le abrió la
boca por inercia. El chillido no fue muy alto debido a que el metal atravesaba
su garganta y su boca, pero si lo suficiente como para que Rogelio lo escuchara,
y a toda prisa se dirigiera hacia allí. Deje el cuerpo, todavía con vida, en el
suelo, mientras se desangraba entre convulsiones y espasmos, y me moví
sigilosamente.
- ¡Manolo!, ¡Manolo!, ¿estás bien?-
Gritaba mientras corría hacia la escena del crimen. - ¨Si es una broma te
advierto que no tiene gracia…- replicaba mientras entraba en la tierra de su
amigo. Caminó varios metros, hasta que vio un lugar con muchas plantas rotas, y
hacia allí se dirigió.
- ¿Pero qué coño es esto?,
¿qué está pasando?- Balbuceó entre susurros, mientras empezó a retroceder
aterrorizado por la espeluznante imagen percibida. Supongo que cuando llegó
allí su amigo ya estaría muerto del todo, porque ni siquiera intentó
socorrerle. Salió al camino, y corrió hacia el coche. La puerta estaba abierta,
por eso pudo subir más rápidamente, pero cuando fue a dar al contacto se dio
cuenta de que las llaves no estaban puestas. Instintivamente se echó mano a los
bolsillos, pero estoy seguro de que en el fondo ya sabía lo que sucedía, sabia
de sobra que las llaves las había dejado puestas, y que yo, como en las pelis,
estaría en el sillón de atrás, porque antes de tocar el bolsillo, y antes de
que yo le dijera nada, ya miró por el espejo retrovisor. Sus ojos se quedaron
clavados al reflejo de los míos, sin moverse ni un ápice, sin pestañear,
parecía que ni siquiera respirara, estaba en estado de shock ante la
terrorífica situación que estaba a punto de enfrentarse.
Yo llevaba puesta la capucha del
chubasquero, en mi primera experiencia no lo había llevado y me había puesto
perdido, supongo que ese aspecto, un niño con un cuchillo más grande que su
brazo, y con un chubasquero lleno de sangre de mis dos anteriores victimas, le
producía todavía más pánico a aquel hombre.
– ¿No pensarías marcharte sin
despedirte?- le dije satíricamente, mientras apoyaba el frio metal del
cuchillo, todavía manchado de sangre en su cuello.
- ¿Qué quieres de mí?, aquí no tengo
nada para darte…- Decía medio suplicando por su vida con la voz entrecortada
por el miedo.
- No quiero nada material…solo me
interesa tu alma…- Le dije sin andarme
con rodeos, lo cierto es que nunca me ha gustado mentir. Ya sé que piensas que
estoy mintiendo al decir eso, ya que mi vida se basaba en una gran mentira, sin
ni siquiera reconocer mis crímenes, pero yo no engañaba por gusto, yo mentía
por necesidad que es diferente. El caso, que me desvió del tema: Rogelio
comprendió, al escuchar mis palabras que había llegado su final, porque ni si
quiera intentó luchar. Y eso que le di tiempo a reaccionar, antes de cortarle
los tendones de su axila izquierda para inmovilizarle el brazo, también pudo
haberse resistido un poco antes de que le hiciera lo mismo en el homónimo, pero
no hizo nada, solamente gritar del dolor, me lo estaba poniendo en bandeja. Era
mi oportunidad de llevar a cabo una tortura, de producir tanto dolor que mi
victima me suplicara que lo matara rápido, que acabara con todo de una vez…
Fue una tortura muy sádica y sangrienta.
Primero pasé al asiento del copiloto, y
después recosté su asiento hacia atrás, saqué de mi mochila las tenazas, y
comencé a cortar con ellas, falange a falange todos los dedos de su mano,
completamente inmóviles a causa de las heridas en ambos sobacos. Al principio
suplicaba, lloraba como una nena rogándome que no lo hiciera. Pero al
contemplar mi macabra sonrisa oculta tras de aquel chubasquero, y al ver que no
me detenía, se resignó, y se dio por vencido dejándose de súplicas, y
centrándose en los gritos y alaridos ocasionados por ese enorme dolor. Cuando
hube amputado las veintiocho falanges, le agarré fuertemente la mandíbula
obligándole a abrir la boca para agarrarle la lengua con la tenaza y cortársela
con el cuchillo, luego le introduje todos los miembros amputados, por la boca,
apelmazándoselos en la garganta, para que muriera asfixiado. Luego le hice dos
cortes en las ingles, para asegurarme de que se desangrara, y antes de
marcharme, me lavé las manos y la cara en la canaleta, luego el chubasquero, y
me fui, como si nada hubiera sucedido, a mi casa, donde nadie se había enterado
que me había marchado
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