A partir de ese día, todos los vecinos empezaron a mirarme de otro modo, ya no me veían como el niño alegre y charlatán, que siempre conversaba con todos. Durante los siguientes meses nadie de aquel pueblo me hablaba fuera de casa. Yo estaba castigado, y solo salía para ir al colegio; el resto niños se apartaban de mi, y cuando iba por la calle de camino a casa, si me encontraba con algún vecino, el saludo era de lo más forzado, porque no le puedes negar el saludo a un niño, pero la conversación era nula. Se creían que no me daba cuenta porque era un niño, pero si me enteraba, y comprendía sus desprecios, ya solo podían verme como un monstruo, un demonio… no se equivocaban en absoluto. Toda esa experiencia me sirvió para aprender: era mejor que apartara mi verdadero yo de la zona donde vivía, si no quería que me cogieran enseguida, y me detuvieran. Así que decidí actuar, fingir que seguía siendo aquel niño alegre, y mentir, acusando a Carlos de provocar la pelea. Yo tenía más facilidad de palabra que él, y resultaba más convincente, y por eso, poco a poco, todos fueron creyendo mi historia, y también lentamente las cosas volvieron a la normalidad. Un buen lugar para ocultarme y donde poder planear mis fechorías.
Mis abuelos tenían una granja, y había muchos animales, ellos pagaron los platos rotos, con ellos me desahogaba para evitar tener un ataque de violencia en la calle, hasta tener edad suficiente como para poder salir del pueblo, y seleccionar minuciosamente a mis victimas. No sabría decir el número de gallinas y pavos que mataron los perros durante aquellos años, ni tampoco el número de gatos desaparecidos en el mismo margen, pero no voy a contar la historia de cómo con cuatro, cinco, seis, siete años espachurraba gallinas y desmembraba pequeños felinos, ya que no es algo de lo que pueda sentirme especialmente orgulloso.
Estuve diez largos años torturando animales inocentes, segando vidas inútilmente, ya que las victimas carecían de alma. Diez años que se me hicieron interminables ocultándome muy dentro de mí para evitar ser visto, mientras en el colegio me trataban de engañar diciendo que la violencia era mala… yo trataba de comportarme en público, pero solía provocar accidentes a todos cuantos me rodeaban, por el mero placer de observar su dolor; pero no llegué a ocasionar más daños que rozaduras o heridas superficiales.
Como puedes imaginarte, tampoco cuento entre mis victimas a aquellos a los que le puse la zancadilla o le hice caer en una trampa, igual que tampoco cuento los animales que maté. No, todavía no has empezado a leer nada, ni siquiera has llegado a la montaña, todavía te queda mucho para poder asomarte en la cima, y comprender…y observar… y descubrir la realidad.
Sigues leyendo estas líneas que surgen de mi maquiavélico cerebro, con una enorme paciencia y morbosidad, seguro que estás impaciente por conocer el primero de mis homicidios, la primera alma que segué y coseché, para guardar en mi granero. Fue unos años después, con unos catorce años, yo ya empezaba a moverme por los pueblos de alrededor, con la vieja bicicleta que me habían regalado. Había explorado gran parte del terreno, y por las noches me gustaba ir a lugares poco frecuentados, esperando que con suerte, apareciera mi primera víctima. No tuve que visitar demasiadas veces aquel monte hasta toparme con los primeros incautos.
Era a principios del verano de 1998, no recuerdo ni el día ni el mes, pero sé que era verano porque yo estaba de vacaciones, y por eso tenía más libertad todavía. Yo recorría aquel monte ocultándome tras los árboles, pero sin alejarme demasiado del camino por si aparecía alguien, la bicicleta, la había dejado escondida en una cuneta varios kilómetros atrás, casi a la entrada del pueblo. Siempre llevaba una mochila conmigo, en la que llevaba ropa limpia, una linterna, una aguja de coser sacos, un rollo de cordel de atar los chorizos, unas tenazas, unos alicates, un rollo de cinta americana, tres o cuatro cuerdas, y un viejo cuchillo de caza de mi abuelo, de cuando era cazador, uno de esos con el filo algo cóncavo, punta muy afilada para poder clavar bien en el animal, y poder abrirlo a la canal, y el contrafilo de sierra. El caso es que iba caminando entre los árboles, cuando de pronto, metido en un camino, vi un coche aparcado. Fuera, una pareja joven gozando de su amor, recostados, desnudos sobre una toalla en la hierba, escondidos tras los matorrales, que también me ocultaban a mí de ellos, mientras los espiaba esperando mi oportunidad.
En el suelo encontré una rama gorda, me serviría de garrote. Lo cogí muy sigilosamente, para no alarmar a aquella joven pareja, saqué un par de cuerdas de la mochila, y en el momento en el que él, se puso encima de ella adoptando la postura del misionero, me abalancé velozmente sobre ellos, propiciándole un garrotazo en la cabeza a él, por detrás, que se desplomo inconsciente sobre ella. Ella empezó a gritar, y a revolverse intentando librarse del cuerpo inmóvil de su novio, amante , amigo o lo que fuera, pero no sirvió de nada, yo estaba decidido, completamente cargado de adrenalina, y la até con la cuerda y amordacé con la cinta antes de que pudiera ni siquiera ponerse de pie. Luego hice lo mismo con su novio, y los coloque frente a frente, para que el uno pudiera ver el sufrimiento que iba a producirle al otro. Le abofetee la cara, para que volviera en sí. Duró unos minutos en recobrar el sentido, y unos instantes más en darse cuenta de lo que estaba sucediendo. Entonces, cuando comprendió la gravedad de la situación, pude ver en sus ojos el terror, igual que a su novia desde hacía ya varios minutos; yo gozaba de ese terror, incluso podría decirse que me alimentaba de él. Creo que eso aterraba más, si cabe, a mis victimas, porque me veían disfrutar de lo que hacía, siempre con una sonrisa dibujada en mi rostro. Para lograr tus objetivos en la vida, sean cuales sean esos objetivos, es muy importante que disfrutes de lo que haces…
Ambos se revolvían sin cesar, en un inútil intento de zafarse de las cuerdas, que yo había atado perfectamente. También intentaban gritar, silenciados por la cinta americana amordazando sus bocas, mientras yo maquinaba mi artero plan. No duré muchos minutos en encontrar la inspiración. Saqué el viejo cuchillo de la mochila y lo coloqué sobre la toalla de aquellos chicos, ante sus, cada vez mas aterradas, miradas. Luego saqué el cordel y la aguja y las coloqué en el mismo lugar. Los chicos estaban muy nerviosos, y mentiría si dijera que yo no lo estaba. Era la misma escena para los tres, estábamos compartiendo la misma vivencia, pero la situación era diferente para nosotros: ellos estaban nerviosos porque no entendían lo que estaba sucediendo, no sabían lo que iba a pasar, y no les alcanzaba la imaginación para comprender lo que estaba pensando hacer con las herramientas que había dejado sobre la toalla. Y yo lo estaba, porque era mi primera vez y quería que todo fuera perfecto.
Primero me acerqué lentamente, dejando que gritaran tras la cinta, y que, inútilmente trataran de resistirse a su destino. Luego continué acercándome a la chica, hasta que mis labios entraron en contacto con su cuello, ella gritaba, lloraba, intentaba separarse, pero no podía, creía que la iba a violar, ambos lo creían. Pero en ningún momento se me pasó por la cabeza, no hay crimen más burdo y deshonrado que una violación. Mordí su cuello con gran delicadeza, y fui deslizándome por él a base de mordiscos cuidadosos, hasta llegar a sus pechos, donde me dirigí a sus pezones, y empecé a mordisquearlos, también suavemente, y ampliando la fuerza del mordisco hasta el momento en que sentí chocar diente contra diente, y note como caía su pezón sobre mi lengua. Ese sabor a hierro, de la sangre fresca me excitaba todavía más, no podría describir el tremendo gozo que sentí, mientras aquella joven se retorcía de dolor, y la sangre manaba de su pecho. Escupí el pezón en la mano, y repetí la operación con el otro. Luego cogí un trozo del cordel, lo enhebré, le quité la cinta de la boca al chico y le metí los pezones. El intentaba resistirse, pero poco podía hacer. Mientras le cosía la boca, intentaba gritar pidiendo auxilio, pero lo único que lograba era producirse más dolor al clavarle la aguja.
-Grita cuanto quieras, nadie puede escucharte- Esas fueron las únicas palabras que pudieron escuchar de mi boca. Después, con el cuchillo, le amputé el pene, y se lo introduje a ella en la vagina, y luego también se la cosí, entre los gritos y sollozos de aquellas, que siempre serian mis primeras víctimas. Antes de que perdiera el conocimiento, coloqué al chico bocabajo, con la cabeza entre las piernas de la chica, y agarrándole de los pelos se la levanté con una mano, para que pudiera ver a su novia por última vez, y con el contrafilo de sierra del cuchillo, empecé a degollarle el cuello lentamente, lo hacía muy despacio, porque no quería que se terminara ese momento, y así podía saborearlo un poco más.
La chica me miraba horrorizada, por fin era completamente consciente de cuál sería su destino, e intentaba gritar y defenderse, pero eso a mí me producía más satisfacción. Continué desgarrando lentamente la carne del cuello de su novio, hasta que este perdió el conocimiento, entonces aceleré el ritmo, salpicándola a ella con la sangre. Cuando la cabeza se desprendió del cuello, se la dejé entre las piernas y me acerqué lentamente a ella, me encantaba sentir ese terror que ella sentía. Con un dedo de mi mano izquierda sequé una de sus lágrimas, mientras con la derecha clavaba mi cuchillo en sus entrañas, y lentamente lo fui subiendo, hasta que se desparramaron sus tripas sobre la toalla, y la luz de sus ojos se apagó por completo. Entonces regresé a casa, metí toda la ropa en el fondo de la lavadora, y me acosté.
La policía lo tomo por un crimen pasional, debido a la escena que se encontraron, pero varios años después, cuando retome esta obra, asesinando de manera similar cuatro parejas más y siete prostitutas, empezaron a creer que era un asesino en serie, y que esa era mi firma; eso era precisamente lo que quería, que se distrajeran con insignificancias, mientras yo seguía con mi cosecha. Y esta es la historia de los dos primeros nombres de mi lista, aunque lo que se dice el nombre, nunca llegué a conocerlo, ni tampoco me importó, lo que verdaderamente me importaba era que yo les había arrebatado su vida, y ahora su alma me pertenece.
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