miércoles, 1 de junio de 2016

capitulo 1

1-     Cierra el maldito libro

         Si estás leyendo estas líneas, solo puede ser por tres razones: que te halla llamado la atención el titulo de la portada, o por que quieras vivir una experiencia terrorífica, cargada de asesinatos, sadismo y sangre, o porque realmente no tienes ni idea de lo que estás haciendo.
          Si no sabes dónde te has metido, te diré que esta historia trata de mí y de cómo he llegado hasta aquí, y por eso puedo asegurarte que esta historia no es para niños, ni miedicas, ni gente impresionable o que padezcan del corazón. Por eso si no estás muy seguro de poder soportar el pánico en el que te vas a ver envuelto, mi consejo es que cierres este libro, y lo devuelvas a la estantería de donde nunca debiste haberlo cogido. Nadie tiene porque saber que no reuniste el valor necesario para afrontar la lectura de mis relatos y cabalgar por las atrocidades que he ido cometiendo a lo largo de mi vida. Vamos, puedes estar tranquilo, hazte un favor, cierra este libro, y olvídate de esas líneas que parecían hablarte, intentando echarte para atrás a la hora de leerme. Nadie va a juzgarte, yo no voy a decírselo a nadie, tu secreto estará a salvo conmigo. ¡Vamos!, ¿no me oyes?, cierra el libro, y devuélvelo a ese sucio estante, por lo menos ahí cumple con una función, decorar…
            Bien, yo te lo he advertido, te he dicho que cierres este libro y te olvides de la voz que te habla entre los párrafos, pero tú, testarudo, has decidido continuar leyendo, supongo que tienes curiosidad por descubrir un poco de mis vivencias, y digo un poco, porque estoy seguro de que con el paso de las páginas te irás dando cuenta del tremendo error que estas cometiendo al proseguir con tu lectura. Desde que te sumerjas en esta historia, no serás capaz de ver otra cosa a tu alrededor, solo el horror… sentirás mi gélido aliento tras tu nuca continuamente, y ni siquiera podrás cerrar los ojos e intentar concebir el sueño, porque yo apareceré constantemente en ellos, tornándolos en tales pesadillas, que sentirás el dolor tan adentro, que, el sueño, te parecerá completamente real; cada segundo de tu vida desearas estar muerto, hasta que al final terminarás entregándome tu alma como tantos otros han hecho antes que  tú, ¿Cómo?, ¿no me crees?... pues continua leyendo.
            Hoy en día ya nadie cree en nada, ya nadie necesita tener fe. Ya no existe el cielo ni el infierno, ni Dios ni el Diablo. Con el paso de los siglos, hemos ido adquiriendo diferentes dones y habilidades, así como conocimientos, creando un mundo físico a nuestro alrededor, al que llamamos realidad, y donde agrupamos todo lo que podemos explicar. En la antigüedad no hacía falta poder explicarse algo para creer en ello, hoy ridiculizamos todas aquellas creencias que no tienen una explicación científica. Pensamos que la ciencia es nuestra aliada, y que ella nos dará las respuestas a todo. Pero la ciencia que el ser humano conoce no es más que la ciencia terrestre, y ni siquiera la conoce plenamente, y el universo es mucho mayor. Por eso nos auto-engañamos al pensar que solo existe lo que conocemos o podemos ver. Yo me rio de toda esa gente que piensa así, hombres de poca fe, que ridiculizan las creencias de algunos de sus semejantes, sin ni siquiera darse cuenta,  que lo más ridículo de todo, es su estúpida convicción de creer saberlo todo.
          Puedes llamarme crédulo, cándido, ridículo, o lo que quieras, porque yo sí que creo en ello. ¿Qué porque una persona como yo cree en algo así?, muy sencillo, porque si el negro existe es porque existe el blanco, entonces si el diablo existe ¿por qué no iba a existir su némesis? ¿Qué cómo puedo estar tan seguro sobre la existencia de entes demoniacas? Pues más sencillo aún, porque yo mismo soy una de esas almas errantes buscando sin reposo las puertas del averno.
         Seguramente ahora estas pensando que solo soy un loco, un lunático que cree estar poseído por un demonio, seguro que piensas que soy esquizofrénico o tengo algún otro tipo de demencia, quizás ocasionada por una infancia pegado al televisor, sin límite de horario ni censura en la programación; no te culpo, vuestros débiles cerebros humanos no están preparados para la verdad. La psiquiatra de la cárcel también lo piensa… ¡diablos! Se me ha escapado, no debería haber dicho que estoy en la cárcel. Pero en fin, ahora ya lo sabes, sabes que escribo estas líneas tras los barrotes de mi celda, en un viejo cuaderno. A mi compañero le hace gracia, y le parece motivo de burla, me llama “el diplomado”, y se ríe el muy necio, dice que soy una princesita… pobre infeliz, aunque esté respaldado por el resto de latinos de la cárcel por ser de una familia influyente, terminaré matándolo con mi bolígrafo, no me hará falta nada más para acabar con su ridículo ego y segar su alma solamente un bolígrafo para transformarlo en el número 999 de mi lista.
         Sabes que soy un preso, seguramente piensas que soy un simple reo, un pobre diablo, otro delincuente de poca monta al que atraparon con facilidad… pues no puedes estar más equivocado. ¿Puede un simple reo presumir de haber segado mil almas en el poco tiempo que su cuerpo mortal le ha dado?, bueno, no voy a exagerar para no mentir, novecientas noventa y ocho almas, pero pronto cosecharé el millar…
          ¿Te escandaliza?, ¿te horroriza?, ya te advertí que no leyeras este libro, ¿Qué esperabas encontrarte entre las páginas de un libro cuyo autor te recomienda que no lo leas?, venga, aún estas a tiempo, te doy otra oportunidad de cerrarlo y olvidarlo para siempre. ¿No?, ¿piensas continuar con tu afán de conocer?, pues bien, esto no ha hecho más que empezar.

           ¿Te da morbo leer escenas sangrientas, sobre las más terribles atrocidades jamás cometidas?, tranquilo, yo saciaré tu sádico morbo. Continúa leyendo…

1.2

2
            Se lo que estas pensando, solamente en una cifra, novecientos noventa y ocho, ¿Cómo se pueden llegar a cometer tantos asesinatos?, yo te responderé, no dejando que te cojan, y para eso lo mejor es no levantar ninguna sospecha, evitar ser visto, no involucrar estúpidos sentimientos humanos, ser muy astuto, y sobre todo nunca dudar de lo que estás haciendo.
           ¿Te preguntas cuando cometí mi primer asesinato?: lo cierto es que mi madre murió al dar a luz, creo que mi padre siempre me culpó de ello y por eso me abandonó, pero yo nunca lo conté como homicidio voluntario, puesto que yo no recuerdo haber tenido la intención.
          Recuerdo algo de cuando era muy pequeño, yo tendría no más de cuatro años, vivía con mis abuelos maternos en un pueblo muy pequeño. Era tan pequeño el pueblo, que solo había otros dos niños con los que jugar. Estaba anocheciendo y serian sobre las nueve y media, asique supongo que sería el mes de octubre. En aquellos tiempos en los que no pasaba nada, y menos en un pequeño pueblo, los niños gozábamos de gran libertad. Estaba jugando con uno de los dos niños en la plaza del pueblo. Una de las casas de la plaza estaba en obras, recuerdo que había un montón de arena y otro de grava. También, al lado había un palé de ladrillos. No recuerdo el motivo que me llevó a reaccionar así, ni siquiera puedo saber si había alguno, lo cierto es que nunca he necesitado tenerlo.
          Él, estaba de rodillas jugando con algún coche de juguete o algún muñeco, no lo recuerdo, y tampoco tiene la más mínima relevancia. Yo me levanté, cegado por la ira, ya te he dicho que no sé porqué, pero corrí hacia él, golpeándole con la planta de mi pie en el pecho con todas mis fuerzas. El cayó hacia atrás, de espaldas, justo al lado del palé de ladrillos. Yo, rápidamente, me abalancé sobre él, y continué golpeándole con mi puño en su cara. No sabría decir cuántos golpes le propine en tan poco tiempo, ni tampoco podría describir la sensación que me inspiraba. Ese extraño gozo, al ver a mi victima sucumbiendo ante mis despiadados ataques… creo que ya de niño me producía una extraña excitación… cogí un ladrillo del palé, mis manos eran muy pequeñas para poder sostenerlo y golpear al mismo tiempo con una sola mano, por eso me ayudé con la otra, y le golpeé con él en la cabeza.
           La sangre empezaba a brotar de la herida que le había ocasionado, y yo al verla resbalar por su rostro hasta derramarse en el suelo, me excitaba todavía más, hasta llegar al éxtasis. Su madre, que había visto toda la escena desde la ventana de su casa, en la plaza, salió corriendo alarmada para separarnos. Pero al ver el charco de sangre que procedía de la cabeza de su hijo reaccionó instintivamente, levantándome por las orejas y tirándome hacia atrás, pero sin poder evitar que le golpeara una segunda vez. Los llantos de Carlos, que ese era su nombre, habían cesado hacía ya rato, yo lo había silenciado con aquel ladrillo. Su madre lo cogió en brazos, y rápidamente lo llevó a urgencias.
            Yo realmente creía que lo había matado, juro que lo creía, esa era la intención, y creía haberla llevado a cavo, hasta que al día siguiente volví a verlo con todos los moratones, y las dos brechas en la frente, debidamente cosidas. Por eso yo no lo cuento como una de mis novecientas noventa y ocho víctimas, porque en realidad no lo había matado, y se había convertido en el primer superviviente.

Esa noche mi abuelo me pego por primera y única vez, y me dio una verdadera paliza, no similar a la que yo le había propiciado a aquel niño, pero si lo suficiente como para hacerme aprender, o para hacer aprender a un niño de mi edad, porque lo cierto es, que mientras él me golpeaba, yo no dejaba de imaginar aquel rostro ensangrentado, aquellos ojos completamente en blanco, aquella alma que estaba a mi merced, no me dolían los golpes, porque en realidad no estaba allí. Solo mi cuerpo permanecía en aquella vieja cocina, soportando los duros golpes de mi abuelo, que en esos momentos pensaba que él sentía lo mismo que yo cuando golpeaba a aquel niño. Con el tiempo me di cuenta de que no, que no todo el mundo disfruta del sadismo y el dolor con la misma énfasis que yo, hay quien desprecia estos sentimientos, y prefiere vivir sin ellos, lo respeto, pero no lo comparto… como he dicho mi cuerpo permanecía en la cocina, pero yo estaba todavía en la plaza, en aquel momento, gozando de aquella extraña sensación que me otorgaba el producir semejante dolor a otro ser.

1.3

  A partir de ese día, todos los vecinos empezaron a mirarme de otro modo, ya no me veían como el niño alegre y charlatán, que siempre conversaba con todos. Durante los siguientes meses nadie de aquel pueblo me hablaba fuera de casa. Yo estaba castigado, y solo salía para ir al colegio; el resto niños se apartaban de mi, y cuando iba por la calle de camino a casa, si me encontraba con algún vecino, el saludo era de lo más forzado, porque no le puedes negar el saludo a un niño, pero la conversación era nula. Se creían que no me daba cuenta porque era un niño, pero si me enteraba, y comprendía sus desprecios, ya solo podían verme como un monstruo, un demonio… no se equivocaban en absoluto. Toda esa experiencia me sirvió para aprender: era mejor que apartara mi verdadero yo de la zona donde vivía, si no quería que me cogieran enseguida, y me detuvieran. Así que decidí actuar, fingir que seguía siendo aquel niño alegre, y mentir, acusando a Carlos de provocar la pelea. Yo tenía más facilidad de palabra que él, y resultaba más convincente, y por eso, poco a poco, todos fueron creyendo mi historia, y también lentamente las cosas volvieron a la normalidad. Un buen lugar para ocultarme y donde poder planear mis fechorías.
            Mis abuelos tenían una granja, y había muchos animales, ellos pagaron los platos rotos, con ellos me desahogaba para evitar tener un ataque de violencia en la calle, hasta tener edad suficiente como para poder salir del pueblo, y seleccionar minuciosamente a mis victimas. No sabría decir el número de gallinas y pavos que mataron los perros durante aquellos años, ni tampoco el número de gatos desaparecidos en el mismo margen, pero no voy a contar la historia de cómo con cuatro, cinco, seis, siete años espachurraba gallinas y desmembraba pequeños felinos, ya que no es algo de lo que pueda sentirme especialmente orgulloso.
               Estuve diez largos años torturando animales inocentes, segando vidas inútilmente, ya que las victimas carecían de alma. Diez años que se me hicieron interminables ocultándome muy dentro de mí  para evitar ser visto, mientras en el colegio me trataban de engañar diciendo que la violencia era mala… yo trataba de comportarme en público, pero solía provocar accidentes a todos cuantos me rodeaban, por el mero placer de observar su dolor; pero no llegué a ocasionar más daños que rozaduras o heridas superficiales.  
                 Como puedes imaginarte, tampoco cuento entre mis victimas a aquellos a los que le puse la zancadilla o le hice caer en una trampa, igual que tampoco cuento los animales que maté. No, todavía no has empezado a leer nada, ni siquiera has llegado a la montaña, todavía te queda mucho para poder asomarte en la cima, y comprender…y observar… y descubrir la realidad.
          Sigues leyendo estas líneas que surgen de mi maquiavélico cerebro, con una enorme paciencia y morbosidad, seguro que estás impaciente por conocer el primero de mis homicidios, la primera alma que segué y coseché, para guardar en mi granero. Fue unos años después, con unos catorce años, yo ya empezaba a moverme por los pueblos de alrededor, con la vieja bicicleta que me habían regalado. Había explorado gran parte del terreno, y por las noches me gustaba ir a lugares poco frecuentados, esperando que con suerte, apareciera mi primera víctima. No tuve que visitar demasiadas veces aquel monte hasta toparme con los primeros incautos.
          Era a principios del verano de 1998, no recuerdo ni el día ni el mes, pero sé que era verano porque yo estaba de vacaciones, y por eso tenía más libertad todavía. Yo recorría aquel monte ocultándome tras los árboles, pero sin alejarme demasiado del camino por si aparecía alguien, la bicicleta, la había dejado escondida en una cuneta varios kilómetros atrás, casi a la entrada del pueblo. Siempre llevaba una mochila conmigo, en la que llevaba ropa limpia, una linterna, una aguja de coser sacos, un rollo de cordel de atar los chorizos, unas tenazas, unos alicates, un rollo de cinta americana, tres o cuatro cuerdas, y un viejo cuchillo de caza de mi abuelo, de cuando era cazador, uno de esos con el filo algo cóncavo, punta muy afilada para poder clavar bien en el animal, y poder abrirlo a la canal, y el contrafilo de sierra. El caso es que iba caminando entre los árboles, cuando de pronto, metido en un camino, vi un coche aparcado. Fuera, una pareja joven gozando de su amor, recostados, desnudos sobre una toalla en la hierba, escondidos tras los matorrales, que también me ocultaban a mí de ellos, mientras los espiaba esperando mi oportunidad.
           En el suelo encontré una rama gorda, me serviría de garrote. Lo cogí muy sigilosamente, para no alarmar a aquella joven pareja, saqué un par de cuerdas de la mochila, y en el momento en el que él, se puso encima de ella adoptando la postura del misionero, me abalancé velozmente sobre ellos, propiciándole un garrotazo en la cabeza a él, por detrás, que se desplomo inconsciente sobre ella. Ella empezó a gritar, y a revolverse intentando librarse del cuerpo inmóvil de su novio, amante , amigo o lo que fuera, pero no sirvió de nada, yo estaba decidido, completamente cargado de adrenalina, y la até con la cuerda y amordacé con la cinta antes de que pudiera ni siquiera ponerse de pie. Luego hice lo mismo con su novio, y los coloque frente a frente, para que el uno pudiera ver el sufrimiento que iba a producirle al otro. Le abofetee la cara, para que volviera en sí. Duró unos minutos en recobrar el sentido, y unos instantes más en darse cuenta de lo que estaba sucediendo. Entonces, cuando comprendió la gravedad de la situación, pude ver en sus ojos el terror, igual que a su novia desde hacía ya varios minutos; yo gozaba de ese terror, incluso podría decirse que me alimentaba de él. Creo que eso aterraba más, si cabe, a mis victimas, porque me veían disfrutar de lo que hacía, siempre con una sonrisa dibujada en mi rostro. Para lograr tus objetivos en la vida, sean cuales sean esos objetivos, es muy importante que disfrutes de lo que haces…
          Ambos se revolvían sin cesar, en un inútil intento de zafarse de las cuerdas, que yo había atado perfectamente. También intentaban gritar, silenciados por la cinta americana amordazando sus bocas, mientras yo maquinaba mi artero plan. No duré muchos minutos en encontrar la inspiración. Saqué el viejo cuchillo de la mochila y lo coloqué sobre la toalla de aquellos chicos, ante sus, cada vez mas aterradas, miradas. Luego saqué el cordel y la aguja y las coloqué en el mismo lugar. Los chicos estaban muy nerviosos, y mentiría si dijera que yo no lo estaba. Era la misma escena para los tres, estábamos compartiendo la misma vivencia, pero la situación era diferente para nosotros: ellos estaban nerviosos porque no entendían lo que estaba sucediendo, no sabían lo que iba a pasar, y no les alcanzaba la imaginación para comprender lo que estaba pensando hacer con las herramientas que había dejado sobre la toalla. Y yo lo estaba, porque era mi primera vez y quería que todo fuera perfecto.
         Primero me acerqué lentamente, dejando que gritaran tras la cinta, y que, inútilmente trataran de resistirse a su destino. Luego continué acercándome a la chica, hasta que mis labios entraron en contacto con su cuello, ella gritaba, lloraba, intentaba separarse, pero no podía, creía que la iba a violar, ambos lo creían. Pero en ningún momento se me pasó por la cabeza, no hay crimen más burdo y deshonrado que una violación. Mordí su cuello con gran delicadeza, y fui deslizándome por él a base de mordiscos cuidadosos, hasta llegar a sus pechos, donde me dirigí a sus pezones, y empecé a mordisquearlos, también suavemente, y ampliando la fuerza del mordisco hasta el momento en que sentí chocar diente contra diente, y note como caía su pezón sobre mi lengua. Ese sabor a hierro, de la sangre fresca me excitaba todavía más, no podría describir el tremendo gozo que sentí, mientras aquella joven se retorcía de dolor, y la sangre manaba de su pecho. Escupí el pezón en la mano, y repetí la operación con el otro. Luego cogí un trozo del cordel, lo enhebré, le quité la cinta de la boca al chico y le metí los pezones. El intentaba resistirse, pero poco podía hacer. Mientras le cosía la boca, intentaba gritar pidiendo auxilio, pero lo único que lograba era producirse más dolor al clavarle la aguja.
           -Grita cuanto quieras, nadie puede escucharte- Esas fueron las únicas palabras que pudieron escuchar de mi boca. Después, con el cuchillo, le amputé el pene, y se lo introduje a ella en la vagina,  y luego también se la cosí, entre los gritos y sollozos de aquellas, que siempre serian mis primeras víctimas. Antes de que perdiera el conocimiento, coloqué al chico bocabajo, con la cabeza entre las piernas de la chica, y agarrándole de los pelos se la levanté con una mano, para que pudiera ver a su novia por última vez, y con el contrafilo de sierra del cuchillo, empecé a degollarle el cuello lentamente, lo hacía muy despacio, porque no quería que se terminara ese momento, y así podía saborearlo un poco más.
           La chica me miraba horrorizada, por fin era completamente consciente de cuál sería su destino, e intentaba gritar y defenderse, pero eso a mí me producía más satisfacción. Continué desgarrando lentamente la carne del cuello de su novio, hasta que este perdió el conocimiento, entonces aceleré el ritmo, salpicándola a ella con la sangre. Cuando la cabeza se desprendió del cuello, se la dejé entre las piernas y me acerqué lentamente a ella, me encantaba sentir ese terror que ella sentía. Con un dedo de mi mano izquierda sequé una de sus lágrimas, mientras con la derecha clavaba mi cuchillo en sus entrañas, y lentamente lo fui subiendo, hasta que se desparramaron sus tripas sobre la toalla, y la luz de sus ojos se apagó por completo. Entonces regresé a casa, metí toda la ropa en el fondo de la lavadora, y me acosté.
           La policía lo tomo por un crimen pasional, debido a la escena que se encontraron, pero varios años después, cuando retome esta obra, asesinando de manera similar cuatro parejas más y siete prostitutas, empezaron a creer que era un asesino en serie, y que esa era mi firma; eso era precisamente lo que quería, que se distrajeran con insignificancias, mientras yo seguía con mi cosecha. Y esta es la historia de los dos primeros nombres de mi lista, aunque lo que se dice el nombre, nunca llegué a conocerlo, ni tampoco me importó, lo que verdaderamente me importaba era que yo les había arrebatado su vida, y ahora su alma me pertenece.



1.4

4
           ¿Aún no has saciado tu morbo y tu curiosidad?, ¿quieres conocer más? Veo que no ha servido de nada advertirte, ni tampoco mostrarte un poco de mi demencia, y las atrocidades que me ha llevado a cometer. Tú quieres conocer más, deseas descubrir todos los horrores que he ido sembrando a mi paso a lo largo de mi vida. Necesitas saberlo, ya te he mostrado lo que hice con catorce años, y sigues avanzando en la lectura. Te he dicho, que repetí la escena con cuatro parejas más y con siete prostitutas, quizás estás pensando que esos fueron mis siguientes asesinatos, pero no, no soy tan tonto, no me gusta ir dejando cabos sueltos, por eso dejé transcurrir bastante tiempo entre ellos, en ocasiones incluso años. Entre tanto iba empezando nuevas obras, no podía dejar pasar mucho tiempo, estaba impaciente por segar otra alma. Tantas eran las ganas que tenia, que esa misma noche volví a salir. No habían pasado ni veinticuatro horas.
          La guardia civil estaba muy entretenida por la zona del monte, investigando el crimen pasional. Asique esa noche me fui en la otra dirección. Como siempre, recorrí unos quince kilómetros, alejándome de mi casa, y fui a parar en un pueblo con numerosas tierras de cultivo, dedicadas sobre todo al maíz. Efectivamente era mi noche de suerte, pues esa noche les tocaba regar. No sé si sabes cómo se regaban en los noventa las tierras de maíz, pero el labrador tenía que meterse en la tierra constantemente para ir arreglando los surcos, para que el agua fluyera por toda la finca. Había tres agricultores regando en poco más de tres kilómetros de camino de concentración.
            Escondí mi bicicleta, saqué el cuchillo de la mochila, y me interné sigilosamente entre las plantas, que ya eran lo suficientemente altas como para ocultarme por completo. Necesitaba no ser visto, y no hacer ningún ruido, para no llamar la atención, y poder culminar con el macabro plan. Tendría que actuar rápidamente, sin entretenerme con torturas, al fin y al cavo eso solo lo hago por placer, lo único que yo necesitaba de ellos era su vida, su alma. Caminé lenta y sigilosamente entre los surcos, evitando mover ninguna planta bruscamente, internándome hacia el centro de la finca, no tenía prisa, tenía toda la noche por delante. Pero no duré demasiado en dar con la posición del confiado agricultor, era como si tuviera un chip localizador, o como si yo pudiera olfatearlo, como un animal olfatea su presa. Allí estaba, con la azada, formando un surco, llevaba una de esas linternas que van sujetas a la cabeza, tranquilamente, sin distracciones, ignorando mi presencia, y lo que estaba a punto de sucederle. Su vida pronto dejaría de ser una estúpida forma de pasar el tiempo sobre este planeta, para convertirse en algo con más importancia, en la tercera de las almas a mi cargo.
         Me agaché para coger una piedra, y la tiré todo lo lejos que pude por encima de él, que estaba de espaldas a mí. - ¿Quién anda ahí?- preguntó, incorporándose, para tratar de ver de donde procedía el ruido. Al no recibir respuesta, y no ver movimiento alguno, debió pensar que no era nada, y continuó con sus labores. Entonces me agaché por segunda vez, para recoger otra piedra, y volví a lanzarla en la misma dirección. El hombre volvió a incorporarse, y estiraba su cuello, tratando de ver por encima de las plantas. Estaba confuso, parecía intuir que estaba siendo vigilado, y miraba en todas las direcciones, pero al no escuchar nada, siguió con la azada. En el mismo momento en el que agachó la cabeza, yo aproveché el momento, para abalanzarme sobre él, como un lobo se abalanzaría sobre un cordero indefenso, y antes de que pudiera darse cuenta, ya le había rebanado el cuello, con aquel viejo cuchillo. La sangre salía a borbotones de la herida, mientras soltaba el aire por la misma al intentar gritar. También quiso pelear por su vida, mientras yo le sujetaba entre mis brazos, pero ya era demasiado tarde para él; pude notar el momento en el que se daba cuenta de que ya no quedaba tiempo en este mundo para él, el momento en el que entendía que el diablo había secuestrado su alma, para reclutarla en el ejercito de los condenados, de la mano de un demonio con cara de niño. Pude verlo en sus ojos, mientras la última chispa de luz dejaba de brillar en sus pupilas. Estaba pletórico, no podía parar. Dejé aquel cuerpo sin vida allí, en el mismo lugar en el que se la había arrebatado, y salí de la finca en busca de mi siguiente víctima.
          Estaba a más de un kilometro de allí, lo que me llevo unos diez minutos a pie, pero diez minutos que me cundieron mucho menos, gracias a la tremenda énfasis y excitación que sentía al pensar en mi siguiente víctima. Esas dos fincas eran enormes, pero compartían el mismo camino de concentración, y las compuertas de las canaletas estaban muy próximas, entre sí. Yo ya había maquinado mi nuevo plan. Bajé una de las compuertas al azar y me escondí entre los maizales de esa misma tierra a esperar. El labrador, pronto se percató de que no llegaba agua, y salió de la tierra para ver qué era lo que sucedía. Podría haberle arrebatado la vida en ese mismo momento, ya que pasó a escasos metros de mí, pero el morbo me hizo esperar para degustar un poco más mi obra. Al ver la compuerta bajada, aquel hombre se puso furioso, y se dirigió a la tierra de al lado gritando:
           -  ¡Rogelio!, ¡Rogelio! –
           - ¿Qué quieres? – Otra voz procedente de aquella tierra le contestaba.
           - ¿se puede saber porqué me has bajado la compuerta? – Le gritaba muy enfadado.
           - ¿Y a mí que me cuentas?, yo no la he bajado…- Le respondía aquel hombre, mientras salía de la finca. Yo eché una carrera de varios metros, haciendo el mayor ruido posible, para atraer su atención, y hacer que fueran hacia él.
          - ¿Has escuchado eso? Ahí  hay algo…- le dijo señalando a mi posición.
           -¿Quién anda ahí?- gritó aquel hombre. -¡Vamos!, sal, ya está bien la bromita…- Aquel hombre empezaba a ponerse muy nervioso, había algo en el ambiente que no terminaba de convencerle, quizás podía presenciar una ente demoniaca a su alrededor; hay gente que puede, pero no suelen ser conscientes de ello.
         -¡Tranquilízate Manolo! Seguro que solo es un jabalí.- intentaba tranquilizarle.
         -Ya claro, porque ahora los jabalís se dedican a bajar las compuertas, ¿no?- ironizaba Manolo, que con la azada a hombro se acercaba cauteloso, hacia la zona donde había escuchado los ruidos, hacia mi posición.
          Yo estaba agachado, bien oculto entre los surcos, completamente quieto, esperando mi momento, con el cuchillo empuñado fuertemente; él, iba dirigiéndose hacia mí, sin saberlo, con su arma en posición de ataque, para, en el momento en el que viera algo, golpear rápidamente, y aunque podía ver frente a él a la perfección con aquella ridícula linterna que llevaba enganchada a la frente, no le dio tiempo, cuando estaba tan cerca de mí, que con solo girar la cabeza podría verme, me abalancé sobre él de un gran salto justo antes de que llegara a enfocarme, asestándole una puñalada en la gorja, hacia arriba, con tanta fuerza, que se le abrió la boca por inercia. El chillido no fue muy alto debido a que el metal atravesaba su garganta y su boca, pero si lo suficiente como para que Rogelio lo escuchara, y a toda prisa se dirigiera hacia allí. Deje el cuerpo, todavía con vida, en el suelo, mientras se desangraba entre convulsiones y espasmos, y me moví sigilosamente.
          - ¡Manolo!, ¡Manolo!, ¿estás bien?- Gritaba mientras corría hacia la escena del crimen. - ¨Si es una broma te advierto que no tiene gracia…- replicaba mientras entraba en la tierra de su amigo. Caminó varios metros, hasta que vio un lugar con muchas plantas rotas, y hacia allí se dirigió.
- ¿Pero qué coño es esto?, ¿qué está pasando?- Balbuceó entre susurros, mientras empezó a retroceder aterrorizado por la espeluznante imagen percibida. Supongo que cuando llegó allí su amigo ya estaría muerto del todo, porque ni siquiera intentó socorrerle. Salió al camino, y corrió hacia el coche. La puerta estaba abierta, por eso pudo subir más rápidamente, pero cuando fue a dar al contacto se dio cuenta de que las llaves no estaban puestas. Instintivamente se echó mano a los bolsillos, pero estoy seguro de que en el fondo ya sabía lo que sucedía, sabia de sobra que las llaves las había dejado puestas, y que yo, como en las pelis, estaría en el sillón de atrás, porque antes de tocar el bolsillo, y antes de que yo le dijera nada, ya miró por el espejo retrovisor. Sus ojos se quedaron clavados al reflejo de los míos, sin moverse ni un ápice, sin pestañear, parecía que ni siquiera respirara, estaba en estado de shock ante la terrorífica situación que estaba a punto de enfrentarse.
          Yo llevaba puesta la capucha del chubasquero, en mi primera experiencia no lo había llevado y me había puesto perdido, supongo que ese aspecto, un niño con un cuchillo más grande que su brazo, y con un chubasquero lleno de sangre de mis dos anteriores victimas, le producía todavía más pánico a aquel hombre.
            – ¿No pensarías marcharte sin despedirte?- le dije satíricamente, mientras apoyaba el frio metal del cuchillo, todavía manchado de sangre en su cuello.
           - ¿Qué quieres de mí?, aquí no tengo nada para darte…- Decía medio suplicando por su vida con la voz entrecortada por el miedo.
           - No quiero nada material…solo me interesa tu alma…-  Le dije sin andarme con rodeos, lo cierto es que nunca me ha gustado mentir. Ya sé que piensas que estoy mintiendo al decir eso, ya que mi vida se basaba en una gran mentira, sin ni siquiera reconocer mis crímenes, pero yo no engañaba por gusto, yo mentía por necesidad que es diferente. El caso, que me desvió del tema: Rogelio comprendió, al escuchar mis palabras que había llegado su final, porque ni si quiera intentó luchar. Y eso que le di tiempo a reaccionar, antes de cortarle los tendones de su axila izquierda para inmovilizarle el brazo, también pudo haberse resistido un poco antes de que le hiciera lo mismo en el homónimo, pero no hizo nada, solamente gritar del dolor, me lo estaba poniendo en bandeja. Era mi oportunidad de llevar a cabo una tortura, de producir tanto dolor que mi victima me suplicara que lo matara rápido, que acabara con todo de una vez…
          Fue una tortura muy sádica y sangrienta. Primero pasé al asiento del copiloto,  y después recosté su asiento hacia atrás, saqué de mi mochila las tenazas, y comencé a cortar con ellas, falange a falange todos los dedos de su mano, completamente inmóviles a causa de las heridas en ambos sobacos. Al principio suplicaba, lloraba como una nena rogándome que no lo hiciera. Pero al contemplar mi macabra sonrisa oculta tras de aquel chubasquero, y al ver que no me detenía, se resignó, y se dio por vencido dejándose de súplicas, y centrándose en los gritos y alaridos ocasionados por ese enorme dolor. Cuando hube amputado las veintiocho falanges, le agarré fuertemente la mandíbula obligándole a abrir la boca para agarrarle la lengua con la tenaza y cortársela con el cuchillo, luego le introduje todos los miembros amputados, por la boca, apelmazándoselos en la garganta, para que muriera asfixiado. Luego le hice dos cortes en las ingles, para asegurarme de que se desangrara, y antes de marcharme, me lavé las manos y la cara en la canaleta, luego el chubasquero, y me fui, como si nada hubiera sucedido, a mi casa, donde nadie se había enterado que me había marchado