miércoles, 1 de junio de 2016

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            Se lo que estas pensando, solamente en una cifra, novecientos noventa y ocho, ¿Cómo se pueden llegar a cometer tantos asesinatos?, yo te responderé, no dejando que te cojan, y para eso lo mejor es no levantar ninguna sospecha, evitar ser visto, no involucrar estúpidos sentimientos humanos, ser muy astuto, y sobre todo nunca dudar de lo que estás haciendo.
           ¿Te preguntas cuando cometí mi primer asesinato?: lo cierto es que mi madre murió al dar a luz, creo que mi padre siempre me culpó de ello y por eso me abandonó, pero yo nunca lo conté como homicidio voluntario, puesto que yo no recuerdo haber tenido la intención.
          Recuerdo algo de cuando era muy pequeño, yo tendría no más de cuatro años, vivía con mis abuelos maternos en un pueblo muy pequeño. Era tan pequeño el pueblo, que solo había otros dos niños con los que jugar. Estaba anocheciendo y serian sobre las nueve y media, asique supongo que sería el mes de octubre. En aquellos tiempos en los que no pasaba nada, y menos en un pequeño pueblo, los niños gozábamos de gran libertad. Estaba jugando con uno de los dos niños en la plaza del pueblo. Una de las casas de la plaza estaba en obras, recuerdo que había un montón de arena y otro de grava. También, al lado había un palé de ladrillos. No recuerdo el motivo que me llevó a reaccionar así, ni siquiera puedo saber si había alguno, lo cierto es que nunca he necesitado tenerlo.
          Él, estaba de rodillas jugando con algún coche de juguete o algún muñeco, no lo recuerdo, y tampoco tiene la más mínima relevancia. Yo me levanté, cegado por la ira, ya te he dicho que no sé porqué, pero corrí hacia él, golpeándole con la planta de mi pie en el pecho con todas mis fuerzas. El cayó hacia atrás, de espaldas, justo al lado del palé de ladrillos. Yo, rápidamente, me abalancé sobre él, y continué golpeándole con mi puño en su cara. No sabría decir cuántos golpes le propine en tan poco tiempo, ni tampoco podría describir la sensación que me inspiraba. Ese extraño gozo, al ver a mi victima sucumbiendo ante mis despiadados ataques… creo que ya de niño me producía una extraña excitación… cogí un ladrillo del palé, mis manos eran muy pequeñas para poder sostenerlo y golpear al mismo tiempo con una sola mano, por eso me ayudé con la otra, y le golpeé con él en la cabeza.
           La sangre empezaba a brotar de la herida que le había ocasionado, y yo al verla resbalar por su rostro hasta derramarse en el suelo, me excitaba todavía más, hasta llegar al éxtasis. Su madre, que había visto toda la escena desde la ventana de su casa, en la plaza, salió corriendo alarmada para separarnos. Pero al ver el charco de sangre que procedía de la cabeza de su hijo reaccionó instintivamente, levantándome por las orejas y tirándome hacia atrás, pero sin poder evitar que le golpeara una segunda vez. Los llantos de Carlos, que ese era su nombre, habían cesado hacía ya rato, yo lo había silenciado con aquel ladrillo. Su madre lo cogió en brazos, y rápidamente lo llevó a urgencias.
            Yo realmente creía que lo había matado, juro que lo creía, esa era la intención, y creía haberla llevado a cavo, hasta que al día siguiente volví a verlo con todos los moratones, y las dos brechas en la frente, debidamente cosidas. Por eso yo no lo cuento como una de mis novecientas noventa y ocho víctimas, porque en realidad no lo había matado, y se había convertido en el primer superviviente.

Esa noche mi abuelo me pego por primera y única vez, y me dio una verdadera paliza, no similar a la que yo le había propiciado a aquel niño, pero si lo suficiente como para hacerme aprender, o para hacer aprender a un niño de mi edad, porque lo cierto es, que mientras él me golpeaba, yo no dejaba de imaginar aquel rostro ensangrentado, aquellos ojos completamente en blanco, aquella alma que estaba a mi merced, no me dolían los golpes, porque en realidad no estaba allí. Solo mi cuerpo permanecía en aquella vieja cocina, soportando los duros golpes de mi abuelo, que en esos momentos pensaba que él sentía lo mismo que yo cuando golpeaba a aquel niño. Con el tiempo me di cuenta de que no, que no todo el mundo disfruta del sadismo y el dolor con la misma énfasis que yo, hay quien desprecia estos sentimientos, y prefiere vivir sin ellos, lo respeto, pero no lo comparto… como he dicho mi cuerpo permanecía en la cocina, pero yo estaba todavía en la plaza, en aquel momento, gozando de aquella extraña sensación que me otorgaba el producir semejante dolor a otro ser.

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